Es gracioso…
Es como simpático…
volver de la facultad,
tarde,
por la noche,
y echar la cabeza pa’ tras,
mirar el cielo
estrellado,
INFINITO.
Sentir que soy un punto en el UNIVERSO,
una miguita en medio de tanta inmensidad,
que vuelve a casa
luego de su clase de filosofía.
Una miguita que estudia filosofía,
mientras otras miguitas,
al mismo tiempo y
simultáneamente,
hacen otras cosas,
pero básicamente lo
mismo.
Y las muy creídas se mandan la parte,
todas se piensan Baguette!
Oooh, secuelas de mí último trabajo…
Miro al cielo,
siento tranquilidad
y sonrío,
cómplice de la divinidad,
si es que aún queda algo de ella dando vueltas por ahí.
Cuando era chica me producía mucho miedo mirar al cielo por
las noches.
Lo miraba fijamente, como buscando ALGO en él,
lo penetraba con mis pensamientos
Inevitablemente pensaba
en Dios, luego LA MUERTE…
Corría desesperadamente a los brazos de mi PAPÁ,
lagrimeando,
lo abrazaba fuerte y le decía:
“no quiero que te
mueras papi”.
Yo no sé qué pensaba mi papá… por ese entonces él era joven.
En navidad y año nuevo también miraba mucho al cielo,
por los cuetes, viste?
Se hacían las 12,
TODOS levantaban sus copas
y comenzaba el
festival de abrazos, besos y cañitas voladoras.
Y YO
lloraba,
pero de emoción no de miedo…
mi mamá pensaba que le tenía miedo a las explosiones.
Nunca desmentí esa versión…por vergüenza, viste?
El plato de polenta también me hacía llorar,
me parecía una
versión mal lograda del puré.
¡WAKALA!
Y si no me la comía ,
¡pobre si no me lo comía!
Las probabilidades de salir a jugar a la calle disminuían
considerablemente.
Era difícil remontar
esos días.
Y el polerón rojo furioso me daba miedo,
salía a escena los días de mucho frío y lluvia.
Tenía olor a naftalina,
el cuello era muy apretado y la lana muy gruesa.
Picaba.
Ponérmelo
era como atravesar un espacio subterráneo,
como entrar en una mina,
con el aire escaso y viciado…
por eso nunca entré en una mina,
ni me animé a ser
prisionera
por más de 5 minutos
en el tubo de desagüe que estaba en mi jardín de infantes,
y que nosotros,
NIÑOS DE 4 AÑOS,
habíamos despojado de
su función original
para convertirlo
en la nave de los
malos que luchaban contra los heroicos
POWER RANGERS.
Mmmm, naftalina…
es el olor de los secretos, el olor a “guardado”…
mi olfato infantil siempre gustó de la naftalina.
Su aroma
supo guiar mi curiosidad en las horas de la siesta
- de los adultos, por supuesto-,
y el olorcito del humo proveniente del espiral espanta
mosquitos..
el olor del verano!
Y el SOL.
El sol que nos daba de lleno,
a VIVI y a mí,
mientras celebrábamos un banquete,
en el recreo.
JUGO DE NARANJA
que nuestras MADRES nos preparaban
y unos PANES TOSTADOS , CON MANTECA O QUESO.
Todo
era más rico en ese lugar
cuyo acceso estaba prohibido por no estar a la vista de las
maestras.
El lugar donde los
chicos guardaban sus bicicletas.
Hoy miro al
cielo, y sonrío
siento paz
y recuerdo.
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